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Una luz permanente


Una luz permanente A poco más de un año del inicio de los Juegos Olímpicos Tokio 2020, se dio a conocer la antorcha que avivará el espíritu del Movimiento Olímpico en todo el mundo, en todo Japón, un pretexto ideal para recordar el significado de este importante símbolo deportivo.

Todo comenzó en la antigua Grecia, cuando se dice que Prometeo le robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, ceremonia que se integró al protocolo de la competencia atlética a partir de la era moderna durante la primera edición en Ámsterdam, Holanda, en 1928.

Desde entonces, el fuego y la antorcha simbolizan todo un movimiento deportivo en cada una de las sedes con un significado que trasciende, pues el ritual sagrado se transformó en una ceremonia icónica que da pie a las actividades cada cuatro años y no solo contempla a los atletas, sino a todo tipo de personas que tienen la fortuna de portar la llama desde su encendido en Grecia hasta la sede, miles y millones de kilómetros ya recorridos alrededor del mundo.

Ese fuego, es entonces una luz única, una especie de guía que mantiene encendido el espíritu de competencia durante dos o tres semanas, pero también un tributo que nos hace recordar el origen de los Juegos Olímpicos y cómo los concebimos hoy en día.

Ahora no solo podemos evocar el mundo antiguo, también conocer nuevas culturas y tradiciones, pues cada cuatro años la ciudad sede, en este caso Tokio, es la responsable de conectar a propios y extraños mediante la antorcha olímpica al darle una identidad que va desde su diseño hasta el recorrido, la forma de encender y apagarla en el pebetero.

Millones de personas pueden compartir hoy ese momento, casi como lo señala la historia misma, pues así como Prometeo le entregó entonces el fuego a los humanos, ahora éstos hacen que perdure. Sin duda, los Juegos Olímpicos no tendrían la misma esencia sin esa llama recorriendo el mundo y ardiendo en plena competencia de principio a fin.

En Tokio 2020 ya ‘prendieron’ el fuego, ¡allá vamos!.